lunes, 9 de abril de 2018

UN TEXTO IMPERDIBLE PARA REFLEXIONAR


Máximas y mínimas sobre estimulación de la lectura



1.
Querido docente: si alguna vez al salir del cine alguien te detuvo en la vereda y te pidió que escribieras tres finales distintos para ese argumento, y esa experiencia te agradó y notaste que mejoró tu comprensión del filme, entonces está muy bien que continúes pidiéndoles a los alumnos que después de la lectura de un cuento señalen palabras esdrújulas, sensaciones olfativas o terminaciones en aba.

Desconfía de los cuentos y novelas que sirvan para enseñar algo muy concreto. Si el libro demuestra claramente que los dientes deben cepillarse todas las noches, que no hay que discriminar a los asiáticos y que los enanos son personas, probablemente no tenga mucho valor literario. Las grandes obras literarias no enseñan nada, al menos no directamente, y, al contrario, crean encrucijadas que provocan más preguntas que respuestas.
3.
Es mayor el número de niños que adora nadar a partir del disfrute del agua, que los que aman la natación gracias a los juegos organizados por el profesor de la colonia. Incluso, hay pequeños que ven al profesor como un obstáculo entre él y el placer de la pileta, y se cuentan por miles los que odian las colonias de vacaciones justamente a causa de los juegos organizados por el profesor. Vale decir: no le adjudiques tanta importancia a las técnicas de estimulación de la lectura. Se sabe de niños que han comenzado a leer un libro sin el concurso de un saltimbanquis.
4.
Un buen escritor suele ser un individuo feo, de escasa simpatía y que apenas sabe hablar en público. Un animador de fiestas infantiles dice mejores chistes, canta con más gracia y tiene mejor comunicación con los chicos. Es común que los dos publiquen libros para niños. A la hora de elegir un libro, no está mal tener presente que quien se dedica a la literatura es el primero.
5.
Cuando un medio gráfico le hace un reportaje a un escritor de literatura infantil, manda a una colaboradora del diario o revista que no tiene idea del tipo de entrevista que está haciendo. Mientras discurre el reportaje, el escritor se pregunta cómo llegó esa chica tan linda a trabajar en la página cultural. El escritor sólo es capaz de pensar una respuesta: el jefe de sección quiere convertirse en su amante. El fotógrafo que acompaña a la chica sí tiene una idea concreta. Esa idea se expresa en el tipo de foto que quiere sacar: el autor sentado en el suelo, rodeado por sus propios libros; el autor, posando entre juguetes de su hijo; el autor en una plaza, sentado en un tobogán; el autor charlando con una marioneta. La idea del fotógrafo es bien precisa: alguien que se dedica a la literatura infantil es infradotado.
6.
Hay que discriminar. Las editoriales publican cientos de títulos por año y a cada uno lo presentan como un gran libro. Sin embargo, un gran libro es una especie de milagro. Un gran libro deja huellas profundas en las personas y frecuentemente los gana como lectores para otros libros. Un mal libro, en cambio, es una poderosa máquina de alejar gente de la lectura. De los cientos de títulos que se publican por año la gran mayoría son literariamente intrascendentes. Siendo muy generoso se podría decir que por año aparecen dos o tres libros muy buenos. El papel de alguien que quiere promover la lectura es ubicar esos dos o tres libros. Nadie va a hacer ese trabajo por él. Y no hay una máquina de detectar grandes libros. Para complicar más las cosas, esos dos o tres libros no son los mismos para todo el mundo.
7.
Leer es más trabajoso que mirar. Dicho brutalmente, los dibujitos que llamamos letras son representaciones de ruidos que llamamos palabras que a su vez son representaciones de las cosas. En el televisor, en cambio, están directamente las cosas (la imagen de ellas). Es más trabajoso leer que mirar. Pero recordemos que correr tras una sola pelota que se la disputan veinte chicos valiéndose de patadas y empujones es más trabajoso que quedarse sentado en un banco de la plaza mirando comer a las palomas. Curiosamente, los chicos prefieren el fútbol a quedarse sentados. Debe ser que lo muy placentero hace olvidar lo trabajoso de su consecución. Los buenos libros hacen olvidar el trabajo de leer.

Detalle de una ilustración de Sempé para la serie "El pequeño Nicolás", editada por Alfaguara
8.
El dios Hermes es el patrón de la lectura, en virtud de su papel de mensajero entre los dioses y los humanos. Hermenéutica es la palabra que designa la actividad de interpretación de los textos sagrados pero también tiene un uso más general para nombrar todo acto de interpretación de textos. Ayer nomás toda la educación era religiosa. La tradición religiosa en la educación, orientada a formar moralmente a partir de textos que enseñan lo que una institución, la iglesia, cree que se debe enseñar, es la matriz arcaica a la que responde esa tendencia todavía existente en el ámbito docente, por la cual de un texto literario se puede y se debe extraer una enseñanza sintética, definida y, curiosamente, buena. ¿Por qué esa arbitrariedad? Porque esa actitud conecta con aquella posición hermenéutica que da por sentado que en lo escrito (sagrado) sólo puede haber mensajes edificantes. Bajemos a Hermes de la palmera. La maestra no es Hermes. Hermes no existe, o todos somos Hermes.
9.
Es más fácil hablar de la penetración del imperialismo y de la desnutrición infantil, que escribir buenos cuentos y novelas. Acaso resulte tan difícil hacer bien una cosa como la otra, pero convengamos que son dos actividades distintas. O sea: a la hora de elegir un autor es mejor tener en cuenta no tanto lo que dice como lo que escribe, aunque lo que diga sea muy justo. El par obra-autor no es tan transparente como se cree. Recordemos que el católico Graham Greene buceó como pocos en zonas oscuras del deseo y el sexo, que el fascista Céline escribió una maravillosa novela, que el conservador Borges renovó la literatura argentina, y que según Marx el mejor y más despiadado retrato de la burguesía fue hecho por el monárquico Balzac. No basta con coincidir sentimental o ideológicamente con los dichos de un escritor. No basta con salir entusiasmado de su charla e identificarse con sus dichos. Además hay que leerlo. Y criticarlo. Y discriminar la parte de su obra que nos satisface como lectores y la que no.
10.
Cuando los autores visitan una escuela los chicos hacen siempre las mismas preguntas. Las más repetidas son "¿De dónde saca las ideas?"; "¿A qué hora y en qué lugar de la casa escribe?"; ¿Qué hace cuando no escribe?"; "¿Con quién vive?"; "¿Cuánta plata gana?". Son preguntas horribles, superficiales, no literarias y todos los autores estamos hartos de contestarlas. Si yo pudiera estar diez minutos a solas con Juan José Saer, John Irving o William Shakespeare, les preguntaría: "¿De dónde saca las ideas?"; "¿A qué hora y en qué lugar de la casa escribe?"; ¿Qué hace cuando no escribe?"; "¿Con quién vive?"; "¿Cuánta plata gana?".
11.
Los chicos son raros: en lugar de interesarse por el aleteo de una mariposita que salta de flor en flor, en un mar de diminutivos, adjetivaciones empalagosas y maravillosos sentimientos, prefieren la música que producen las cabezas que caen rebotando desde la vela mayor en una buena trifulca de piratas. También prefieren el humor, el miedo, el ingenio, lo absurdo, el amor, el drama, y en general cualquier ficción que los haga experimentar alguna intensidad. Un chico siempre es peor de lo que su abuelita y la directora del colegio desean, pero no demos por demostrado que se deba a las ficciones que consumen. No está probado que el Petiso Orejudo, Jack el Destripador, Videla o Bush hayan sido grandes lectores de Salgari.
12.
La cantidad, no hace a la calidad. Las maratones que premian al niño que lee más libros por mes no deben estimular tanto al que lee con verdadero gusto, como al niño/concursero, al niño/botón que busca la aprobación de los mayores, al niño/zapping y al niño/Tour por Europa 15 países 15 en un una semana. ¿De qué otra manera se pueden leer treinta o cuarenta libros en treinta días? Y no olvidemos al general Pinochet, a quien le preguntaron "¿qué tipo de lecturas, prefiere, general?", a lo que él respondió: "Filosofía, Historia, Literatura, Economía, Política, Ciencia e Historia de las religiones"; "¿Y en qué momento lee?"; "Diez minutos antes de dormir".
13.
La expresión "técnicas de estimulación" tiene connotaciones sexuales. Rápidamente uno la asocia con una señora que ante los reiterados fracasos nocturnos del marido, compra un manual de estimulación y trata de seguir sus consejos por incómodos, extravagantes y poco naturales que resulten. El marido la mira hacer, un poco desorientado. Piensa que se está perdiendo Fútbol de Primera y que seguro que el lunes a la mañana el Rastrojero no va a querer arrancar. "¿Hay posibilidad de provocar el deseo mediante procedimientos técnicos?", se pregunta la mujer. A la mañana siguiente llega al aula —es maestra—, y piensa en el juego de estimulación de la lectura que tenía preparado para ese día. También recuerda que anoche, finalmente, el Rastrojero no arrancó. Deja de lado el juego. No sabe qué hacer. Ya que no sabe, hace algo que tiene ganas de hacer desde hace tiempo: leer un cuento de Borges. Ni siquiera es literatura infantil. El cuento se llama "Episodio del enemigo" y una amiga hace tiempo le dijo que era muy bueno. Trata sobre un anciano al que otro anciano viene a matar por un altercado que tuvieron cuando eran niños. Mientras lo lee se olvida de los chicos, de la escuela, de las técnicas de estimulación de la lectura y del mundo en general. Cuando termina, se da cuenta de que los chicos siguieron su lectura con mucho interés. Los chicos le piden que lea otro cuento de ese libro. Ella no sabe si encontrará otro que también les guste a los chicos. Les promete que al día siguiente buscará otro. Les dice a los chicos que saquen los útiles. Mientras los ve revolver en las mochilas decide que esa noche o la noche que sea, con su marido, tendrá en cuenta en primer lugar su propio deseo, su propia estimulación. Moraleja: el deseo es el deseo del otro.

Detalle de una ilustración de Sempé para la serie "El pequeño Nicolás", editada por Alfaguara.
Texto basado en la ponencia presentada por el autor en la mesa redonda "La lectura continúa", realizada dentro del marco de las Jornadas para Docentes y Bibliotecarios "Escenarios para la promoción de la lectura" en la 15ª Feria del Libro Infantil y Juvenil (Buenos Aires, julio de 2004).


Ricardo Mariño (eh@ciudad.com.ar) es un consagrado escritor argentino, que publicó más de treinta títulos de literatura infantil y juvenil. Sus libros merecieron, entre otras distinciones, el Premio Casa de las Américas (Cuba), recomendaciónes de IBBY y el Premio Konex (Argentina). Más información sobre su vida y su obra puede encontrarse en Imaginaria, en esta dirección:http://www.imaginaria.com.ar/00/1/marino.ht


Lector: ¿se nace o se hace? por Estela Quiroga


EL CONTACTO CON LA ORALIDAD CONSTITUYE UNA IMPORTANTE PUERTA DE ENTRADA AL MUNDO DE LA LECTURA: La narración oral debe ser rica en términos de expresión vocal, corporal, e incluso escénica. Como docentes debemos ser conscientes de la necesidad de articular  el NIVEL INICIAL con el NIVEL  PRIMARIO. Tanto para narrar como para leer debemos crear un clima apropiado.



LEER ES CONSTRUIR SENTIDOS


Todo LECTOR ……………………………………≥  INTERACTUA CON EL    
                                                                                  TEXTO con el objeto de
                                                                                 Comprenderlo.  Para lograrlo
                                                                               Despliega una serie de
  
                                                                               ESTRATEGIAS

·         ANTICIPA (hipótesis de pre lectura)
·         CONTEXTUALIZA
·         JERARQUIZA
·         HACE INFERENCIAS
TODO NIÑO DEBE APRENDER A
·         RECONOCER DISTINTAS TIPOLOGÍAS TEXTUALES
·         EL PROPÓSITO DE LA LECTURA
·         EL PROPÓSITO DE LA ESCRITURA
·         EL DESTINATARIO DEL TEXTO

“Hacer leer significa, la mayoría de las veces, dejar leer…”
                                                                                  Laura Devetach
 ¿Cómo se  construye un lector?
·        Escuchar leer y comentar diversidad de obras literarias.
·        Leer de manera  sistemática, en el marco de proyectos[1] o secuencias planificadas y de actividades habituales como la visita semanal a la biblioteca o la hora del cuento, el docente puede preparar sesiones de lectura en voz alta para sus alumnos, e incluir con frecuencia momentos posteriores de intercambio sobre lo leído. La lectura y el comentario de obras de distintos autores y géneros permiten ampliar los gustos y las preferencias de los más pequeños y es una situación irreemplazable para enseñar a leer.
·        A través de la lectura del docente, los niños se encuentran con textos cada vez más complejos y descubren que hay diferentes maneras de leer: no se lee de la misma manera un cuento humorístico, un poema lírico o un texto dramático; existen diferencias entre la lectura de una historieta, un libro ilustrado o un libro álbum y la de una obra no ilustrada.
·        Los espacios de intercambio posterior a la lectura hacen posible profundizar en la comprensión del texto y avanzar individual y cooperativamente en la apropiación de sentidos compartidos.
·        Seguimiento de la lectura de una novela: Escuchar la lectura de una novela mediante la voz del docente implica abordar el
desafío de seguir, a lo largo de varias entregas, un texto narrativo extenso; es preciso tener presentes los personajes, elaborar y sostener la relación entre ellos a lo largo del relato. Leer novelas ejercita la memoria, nos permite reconocer la evolución y la transformación de los personajes.
EL LIBRO ÁLBUM, UNA NUEVA MANERA DE LEER
       
  Leer es u proceso muy complejo que sin duda estimula fuertemente el desarrollo del pensamiento. La literatura no es un simple adorno, más bien deberíamos pensar que entrena nuestra manera de ver el mundo.
         A partir de las historias afloran no sólo las ideas, sino también las emociones. Al compartir un cuento con niños y niñas  se echa a andar un proceso que va más allá de la lectura, se crean vínculos, se construyen  lazos afectivos. Todos sabemos perfectamente que si no hay vínculos no hay aprendizaje posible.
      Los libros conectan a sus lectores con la tradición cultural, nos compete a nosotros, como mediadores tamaña responsabilidad.

            El mundo de los libros para niños acoge una nueva propuesta de lectura como resultado de la convivencia entre diversos lenguajes: el libro álbum, un texto en donde existe una relación interdependiente entre texto e imagen. No se puede entender uno sin considerar al otro. Los libros álbumes, son historias, aparentemente sencillas,  que esconden complejas estructuras narrativas y que cuantas más veces se las lee, de manera más profunda se logra apreciar su nivel artístico.
        Para aproximarnos al libro álbum, de lo primero que debemos hablar es de la particular relación entre el texto y la imagen: la imagen narra lo no dicho por la palabra, o la palabra dice lo no considerado por la imagen.
       Un libro álbum auténtico se sostiene en esta interdependencia. Las imágenes no pueden ser entendidas sin los textos y los textos pierden sentido si se leen separadamente. Desde esta perspectiva, se reclama un rol constructivo del lector, quien debe ser capaz de completar esos eslabones que aseguran una participación activa en el proceso de decodificación e interpretación.
          Este rol activo por parte del lector se corresponde con la idea propuesta desde el paradigma constructivista en donde se parte de lo que el niño  ya sabe para crear un aprendizaje significativo y de las características para leer códigos múltiples y simultáneos con las que cuenta el niño.
         El tipo de lectura que implica un libro álbum remite a las capacidades cognitivas dominantes en los niños actuales. Como es bien sabido, los niños que nacieron bajo el signo del televisor desarrollan diferentes capacidades y habilidades a los niños nacidos bajo el signo de la radio. Los niños del siglo XXI son más visuales y capaces de leer dos o más códigos de manera simultánea.
        Quizás por ello algunas opiniones autorizadas sostienen que el libro álbum es un auténtico resultado de la postmodernidad, ese periodo que tiene como rasgos característicos la simultaneidad, la fragmentación, los préstamos de códigos y la relatividad del conocimiento.
       En el libro álbum la imagen no está supeditada al texto ni el texto lo está a la imagen. Así como se lee el texto, también debemos leer las imágenes, y para aprehender la particularidad del libro álbum es necesario leer el texto y la imagen como un conjunto.
        El libro álbum nos sitúa en un concepto amplio de lectura no restringida al texto verbal, donde imagen y texto toman elementos del cine, la historieta, la publicidad, la plástica, los dibujos animados, los videojuegos y otros lenguajes que bombardean al niño desde su nacimiento y lo acompañan en al escuela, en el patio de recreo y en el parque.
       El lector infantil entra así en conexión con diversas formas del acervo cultural actual y de la tradición, como parte del contenido de una historia pero también en la exploración de sus recursos y posibilidades formales.
       El libro álbum es concebido como la propuesta de lectura actual, acorde con los intereses y diferentes capacidades de los nuevos lectores. Una muestra de la cultura global y de masas en donde confluyen distintos lenguajes, referentes y contextos.
         En el libro-álbum se funden las aportaciones semióticas de la nueva cultura visual, dando lugar a una polifonía de significados El álbum es un tipo de literatura heterodoxa no sólo por lo que dice, sino sobre todo por cómo lo dice, y también por quien lo dice y para quien lo dice. Las palabras, las imágenes, el formato, los colores, la tipografía y en general lo que Genette denomina paratextos determinan la lectura del texto.

¿Cuáles son las características específicas de un libro álbum?
·        Presencia notable de la imagen
·        Diálogo entre dos códigos: IMAGEN / TEXTO
·        Desafiante
·        Innovador                
·        Transgresor  frente a las reglas literarias
·        ¨ Se conecta con:    la plástica, el cine, la publicidad, la historieta, los videos juegos.
·        Estimula el rol activo del lector (paradigma constructivista)
·        Auténtico producto postmoderno (fragmentación, simultaneidad, relatividad del conocimiento)
·         Polifónico
·         Posee un gran ingenio comunicativo.
·        Todos los detalles son significativos.
·        Polisémico tanto en el texto como en la imagen
·        Objeto artístico cuidadosamente elaborado.
“¿Quién dijo que leer es fácil? Quién dijo que leer es contentura siempre y no riesgo y esfuerzo? Precisamente porque no es fácil, es que convertirse en lector resulta una conquista.” 
                                                                                                    Graciela Montes
“La literatura siempre es una forma de conocimiento del mundo, es una lectura del mundo. Si un maestro coloca esa alternativa en el aula, está ayudando a construir un pensamiento personal que se va a revertir en el modo en que ese chico o esa chica que sale de la escuela y camina hacia su casa -sea cual fuere su casa- mire ese mundo. Porque la literatura alerta, sacude la modorra y la actitud rutinaria de mirar y no ver”
                                                                                                     Graciela Montes

Para que leer sea un placer, los libros tienen que valer la pena. Esa pequeña pena o gran pena (depende del lector) que implica cruzar el umbral de la ficción.
Todos sabemos que se publican demasiados libros,  pero no todos tienen la misma calidad literaria, así que nuestra labor como MEDIADORES será buscar afanosamente esos pocos ejemplares realmente recomendables, para eso vamos a tener que leer y leer y comprometernos, un buen libro nos CONMUEVE. Tenemos que ser muy cautelosos porque actualmente muchas editoriales tienen más un proyecto comercial que cultural.

ALGUNOS  CRITERIOS QUE PUEDEN RESULTAR ÚTILES PARA LA SELECCIÓN DE TEXTOS  LITERARIOS
·        Un buen texto: debe evidenciar una propuesta estética que evite estereotipos, con conflictos, temas y personajes consistentes y de interés para los niños. 
·        Autores reconocidos, los clásicos nunca fallan.
·        Textos folklóricos, por alguna razón sobrevivieron al paso del tiempo…
·        Títulos sugestivos que permitan generar diferentes hipótesis de pre lectura.
·        Finales audaces, poco previsibles.
·        Creer en nuestra propia intuición como lectores, elegir un texto porque nos apasiona es un  muy buen criterio de selección.


Pensemos en un libro bien escrito y exitoso como Harry Potter y les aseguro que no resulta el libro más vendido porque tiene solamente una buena campaña publicitaria, sino porque su autora ha sabido combinar varias cuestiones elementales. En primer lugar se trata de una novela de iniciación, por otra parte hay un mundo paralelo,  fiel a unas reglas diseñadas por su creador. El lector se siente cómodo en el mundo mágico y llega a participar de la acción como un estudiante más de Hogwarts. Los personajes tienen  carácter propio y profundidad suficiente como para captar la atención de diferentes tipos de lectores. Aunque Harry es el protagonista, no siempre actúa de un modo atractivo para el público. Sin duda se trata de un texto original,   capaz de hablar de  tradiciones y leyendas que dan más consistencia a la historia; la mezcla de humor, camaradería, problemas cotidianos. Posee todos los ingredientes para atraparnos.





[1] Los proyectos son situaciones didácticas en las cuales alumnos y docentes se encuentran comprometidos en torno a un propósito y un producto final. Las acciones que se proponen a través del tiempo guardan entre sí relaciones necesarias y cobran sentido en razón de aquello que se desea producir.


lunes, 26 de febrero de 2018

LEER POR LEER


Como si el ruido pudiera molestar (Gustavo Roldán)

Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir.
Es que no había nada que decir.
Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia.
Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir.
Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer.
—Es que no hay nada que hacer —dijo el tatú con una voz que apenas se oía—. Además, me parece que ya era hora.
Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos miraban con una tristeza larga en los ojos.
—¡Pero, don tatú, no puede ser! —dijo el piojo—, si hasta ayer nomás nos contaba todas las cosas que le hizo al tigre.
—¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro?
—¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo?
—¡Y cómo se reía con las mentiras del sapo!
Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar de la muerte, miraban sin entender.
—¡Eh, don sapo! —dijo en voz baja un monito—. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por qué mi papá dice que se va a morir?
—Vamos, chicos —dijo el sapo—, vamos hasta el río, yo les voy a contar.
Y un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo sigueron hasta la orilla del río, para que el sapo les dijera qué era eso de la muerte.
Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala.
—Pero don sapo —preguntó una corzuela—, ¿entonces no vamos a jugar más con don tatú?
—No. No vamos a jugar más.
—¿Y él no está triste?
—Para nada. ¿Y saben por qué?
—No, don sapo, no sabemos...
—No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por eso se va contento.
—Claro —dijo el piojo—. ¡Cómo jugaba!
—¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre!
—No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo al tigre. También por eso se va contento.
—¡Cierto! —dijo el piojo—. ¡Cómo peleaba!
—Y además, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer mucho.
—¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! —dijo la iguana.
—¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos, y por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho.
—Cierto —dijo el piojo—. ¡Cómo se divertía!
—Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo.
—Un poquito sí, pero... —la voz le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron al sapo —. Bueno, mejor vamos a saludarlo por última vez.
—¿Qué está pasando que hay tanto silencio? —preguntó el tatú con esa voz que apenas se oía—. Creo que ya se me acabó la cuerda. ¿Me ayudan a meterme en la cueva?
Al piojo, que estaba en la cabeza del ñandú, se le cayó una lágrima, pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta.
El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió.
Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío.
Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande.
Nadie dijo nada.
Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron alejando.
El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos.
—¿Se acuerdan —dijo el sapo— cuando hizo el trato con el zorro para sembar maíz?
Gustavo Roldán

Extraído, con autorización de su autor y sus editores, del libro Como si el ruido pudiera molestar (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1998. Colección Torre de Papel; Serie Torre Roja)


Graciela cabal  Y TRES DE SUS CUENTOS


Érase una vez una niña que soñaba con ser periodista y escritora, pero no se cansó de estudiar y también fue docente y editora. Trabajo para la televisión haciendo títeres y guiones, sus reflexiones fue entorno a la formación de lectores. Recorro el país siempre con su brillantez. Siendo maestra escribió para adultos, jóvenes y la etapa de la niñez. Madre de tres hijos y abuela de seis nietos. Escribió libros como “Jacinto”, “Batata”, “Barbapedro”, “Papanuel”, “Los reyes no se equivocan”.Siguió adelante y creo los “Cuentos con brujas”. Pero como no vivía en una burbuja. Está narradora oral, expresa muchos libros más, Hoy elegimos para narrar, “Miedo” de la exitosa Graciela Cabal.

CUENTOS:
“MIEDO”
Había una vez un chico que tenía miedo.
Miedo a la oscuridad, porque en la oscuridad crecen los monstruos.
Miedo a los ruidos fuertes, porque los ruidos fuertes te hacen agujeros en las orejas.
Miedo a las personas altas, porque te aprietan para darte besos.
Miedo a las personas bajitas, porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico. Entonces, la mamá lo llevó al doctor. Y el doctor le recetó al chico un jarabe para no tener miedo (amargo era el jarabe).
Pero al papá le pareció que mejor que el jarabe era un buen reto:
-iBasta de andar teniendo miedo, vos! - le dijo -. ¡Yo nunca tuve miedo cuando era chico!
Pero al tío le pareció que mejor que el jarabe y el reto era una linda burla:
-¡La nena tiene miedo, la nena tiene miedo!
El chico seguía teniendo miedo. Miedo a la oscuridad, a los ruidos fuertes, a las personas altas, a las personas bajitas. Y también a los jarabes amargos, a los retos y a las burlas.
Mucho miedo seguía teniendo ese chico.
Un día el chico fue a la plaza. Con miedo fue, para darle el gusto a la mamá.
Llena de personas bajitas estaba la plaza. Y de persona altas.
El chico se sentó en un banco, al lado de la mamá. Y fue ahí que vio a una persona bajita pero un poco alta que le estaba pegando a un perro con una rama. Blanco y negro era el perro. Con manchitas. Muy flaco y muy sucio estaba el perro. Y al chico le agarró una cosa acá, en el medio del ombligo.
Y entonces se levantó del banco y se fue al lado del perro. Y se quedó parado, sin saber qué hacer. Muerto de miedo se quedó.
La persona alta pero un poco bajita lo miró al chico. Y después dijo algo y se fue. Y el chico volvió al banco. Y el perro lo siguió al chico. Y se sentó al lado.
-No es de nadie- dijo el chico -¿Lo llevamos?
-No- dijo la mamá.
-Sí- dijo el chico -. Lo llevamos.
En la casa la mamá lo bañó al perro. Pero el perro tenía hambre. El chico le dio leche y un poco de polenta del mediodía. Pero el perro seguía teniendo hambre. Mucha hambre tenía ese perro.
Entonces el perro fue y se comió todos los monstruos que estaban en la oscuridad, y todos los ruidos fuertes que hacen agujeros en las orejas. Y como todavía tenía hambre también se comió el jarabe amargo del doctor, los retos del papá, las burlas del tío, los besos de las personas altas y los empujones de las personas bajitas. Con la panza bien rellena, el perro se fue a dormir. Debajo de la cama del chico se fue a dormir, por si quedaba algún monstruo.
Ahora el chico que tenía miedo no tiene más miedo. Tiene perro.



Julieta terminó de lustrar los zapatos de ir a la escuela. Cierto que ella hubiera preferido poner las zapatillas rosas con estrellitas, las que le había regalado su madrina para el cumpleaños número seis. Pero la mamá dijo que esas zapatillas eran una pura hilacha y que qué iban a pensar los Reyes Magos.
–Ya que estamos, Julieta –aprovechó la mamá–, dámelas que te las tiro de una vez por todas a la basura. Porque a la mamá de Julieta no le gustaban las cosas gastadas o con agujeros. Tampoco le gustaban las cosas sucias o desprolijas. Y siempre tenía la casa limpia, reluciente y olorosa a pino. Debía de ser por eso que la mamá de Julieta no podía ni oír hablar de perros.
–Perros en esta casa, jamás –decía–. Los perros ensucian, rompen todo y traen pestes. Así que en la casa de Julieta no había perros, había tortuga. Y no es que Julieta no le tuviera cariño a la Pancha. Pero la Pancha era medio aburrida, y se la pasaba durmiendo en su caja. Lo que Julieta quería –y lo quería con toda el alma– era un perro. Un perro que le lamiera la mano y la esperara cuando ella volvía de la escuela. Un perro que le saltara encima para robarle las galletitas. Por eso Julieta le había pedido un perro a los Reyes. Y los Reyes se lo iban a traer, porque siempre le habían traído lo que ella les pedía.
¿Y su mamá? ¿Qué diría su mamá del perro?, se preguntó Julieta y el corazón le hizo tiquitiquitoctoc.
Pero enseguida pensó que su mamá no iba a tener más remedio que aguantarse, porque uno no puede andar despreciando los regalos de los Reyes.
– ¡Julieta! –Dijo la mamá– Sacá la basura a la calle y vení a comer...
A Julieta no le gustaba nada sacar la basura, pero hoy tenía que portarse muy bien porque era un día especial. Así que agarró la bolsa de la basura –con sus zapatillas adentro, claro– y, sin protestar, atravesó el pasillo y la dejó en la vereda, al lado delarbolito.
Mientras hacía esfuerzos por dormirse, Julieta pensó que ella, a veces, no la entendía a su mamá. ¿No era, acaso, que los Reyes Magos, tan poderosos y tan ricos, se habían atravesado el mundo entero para ir a llevarle regalos a un pobrecito bebé que ni cuna tenía? ¿Y esos Reyes se iban a asustar de sus zapatillas gastadas? Pero bueno, mejor pensar en el perro, que a ella le encantaría blanco y medio petiso. Y Julieta se quedó dormida.
A la mañana siguiente, Julieta se despertó tempranísimo. Allí, junto a sus zapatos brillantes, estaba el perro.
–¿Viste, nena? –Dijo la mamá–.
¡Un perro, como vos querías! Mirá: si le tirás de acá, mueve la cola y las orejas... ¿Estás contenta?
No. Julieta no estaba contenta. El perrito que le habían traído los Reyes era más aburrido que la Pancha. Porque la Pancha, por lo menos, estaba viva, aunque a veces mucho no se le notara. Este perrito no le lamería la mano a Julieta, ni le robaría las galletitas, ni nada de nada.... ¿Es que los Reyes se habían equivocado?
Pero cuando, al rato nomás, Julieta salió a comprar la leche, pensó que no, que los Reyes Magos nunca se equivocan: al lado del árbol, con una de sus zapatillas entre los dientes y la otra entre las patas, había un perrito blanco y medio petiso. El perrito la miró a Julieta y, sin soltar las zapatillas, le movió la cola. Entonces Julieta lo agarró en brazos y corrió a su casa gritando:
–¡¡Mamaaaá!! ¡¡Mamaaaá!! ¡¡Los reyes me pusieron uno de verdad en las zapa!!
La mamá salió al pasillo y lo único que dijo fue: –¡Ay, mi Dios querido!
Pero se ve que no se animó a despreciar un regalo hecho por los mismísimos Reyes, porque después de un rato de mirarla a la hija y al perrito, agregó por lo bajo: –Entren nomás, que este perrito necesita un baño de padre y señor mío...




“PAPANUEL”
Los Cardoso eran gente famosa en el barrio de San Cristóbal, pero sólo para las Navidades. Y esto por dos razones. 
Porque, año tras año, la abuela, la mamá y los Cardosos chicos -tres nenas de nueve, seis y cinco años y un varón de cuatro- armaban un Pesebre que ni les cuento en el patio con techito de la casa. 
Y porque Nochebuena tras Nochebuena, el papá llegaba al barrio, antes de dar las doce, vestido de Papá Noel (“Papanuel”, decían los chicos).
Lindo era el Pesebre de los Cardoso. Y muy completo. Hay que ver que la abuela lo había ido armando desde el día en que su padrino le regaló una Virgen, un San José y un niño Dios con ojitos de vidrio. (La Virgen y San José eran mucho más petisos que el Niño, pero en la vida no se puede andar con tantas pretensiones.)
El Pesebre fue creciendo junto con la abuela. 
Así que ahora que la abuela tenía un montón de años, el pesebre tenía un montón de piezas: 195, sin contar los ocho pastorcitos y las cuatro ovejas que, en un descuido imperdonable, se había comido Lilí, la perra del vecino.
Los aguafiestas que nunca faltan -tampoco en San Cristóbal- decían que el Pesebre de los Cardoso era una mezcolanza espantosa, y que dónde se había visto un Pesebre con gauchos, indios, buzos y espejos con patitos. Y ya que estaban en tren de criticar, también decían que el traje de Papá Noel del señor Cardoso, además de quedarle corto y ancho, era un remiendo vivo.
Pero hablaban de pura envidia... Y porque eran de esas personas aburridas que piensan: “¡Yo no sé quién habrá inventado las fiestas!” y se van adormir antes de que suenen las campanas.
¿Que cómo conseguía Cardoso el disfraz de Papá Noel?
Muy fácil: él trabajaba de Papá Noel en “El oso mimoso”, la juguetería de Constitución. 
Bueno..., de Papá Noel trabajaba para las Navidades. El resto del año hacía de todo un poco en la juguetería: plumerear los estantes, llevar paquetes, cebarle mate al dueño, perseguir a los ratones... Y bien contento estaba Cardoso con su empleo: gracias a él podía llevarles a los hijos algunos que otro juguetito en Nochebuena.
Pero este año las cosas venían mal.
-No hay ventas, Cardoso -había dicho el patrón-. Así que vaya olvidándose de los juguetes para los hijos, que yo no soy Papá Noel, ¿sabe? 
Y llegó, por fin, la Nochebuena.
La casa de los Cardoso estaba de punta en blanco: la puerta abierta, para que los vecinos pudieran espiar; el árbol de Navidad, con su estrella en la punta; el famoso Pesebre, debajo del techito del patio. 
También la mesa, con el mantel almidonado, los platos del juego, las copas rojas, el fuentón de los huevos rellenos y el pollo cortado finiiiiiiito, cosa que alcanzara.
Alrededor de la mesa, recién bañados y con la ropa de paquetear: los Cardoso. Todos menos el papá. Y a la mamá le entró una inquietud que se le alojó en la panza.
(Sí, también podía tratarse de hambre.)
Pero justo cuando en la radio empezaron a dar las doce, apareció. Con un traje bien rojo, bien brillante, bien nuevito: ¡Papá Noel!
-¡Ah! ¡Oh! gritaron todos impresionadísimos. Y el de cuatro corrió a esconderse detrás de la abuela.
-Es papá, bobito -dijo la de nueve.
-¡No es papá! ¡Es “Papanuel”! -berreó el de cuatro.
Sonriéndose a través de la barba, Papá Noel abrió la bolsa y empezó a repartir: una cajita de música y un libro de cuentos por aquí, un trompo de colores y un títere por allá... ¡Y también un barrilete de cola larguísima y un pizarrón con tizas y todo, y un barco de vela y unas acuarelas en caja de lata...!
-¿Para los grandes nada, Car... Papanuel? -se animó la abuela.
-Pero cómo no: unas peinetas plateadas con piedritas, un collar de caracoles, un mate con bombilla y en la bombilla un escudo...
-¡¡CARDOSO!! –tronó la madre hecha una furia -. ¿¿A QUIÉN LE..?? ¿¿DE DÓNDE...??
Él pareció no oírla, tan interesado estaba en el Pesebre.
Fue entonces cuando, moviendo la cabeza como si algo no acabara de gustarle, se puso a buscar en la bolsa. Busca que te busca, busca que te busca, al final encontró y sacó: un Papá Noel chiquito, con su trineo lleno de campanas diminutas y sus ciervos de cuernos dorados. 
Tratando de no tirar nada, Papá Noel lo ubicó en el Pesebre, entre un indio sioux y un San Martín de caballo blanco.
Ahora sí, se sonrió conforme Papá Noel. Y después los miró a todos, fijo y en los ojos, levantó la mano en un saludo y se fue, sin darles tiempo de reaccionar.
Pero al rato nomás volvió. Lo único que, esta vez, tenía el traje de antes: corto, ancho,remendado.
-¡Papi, ése es mi papi! -dijo chocho el de cuatro.
-¡Ahora me vas a explicar clarito en qué lío te metiste vos, Cardoso!-protestó la mamá por lo bajo mientras se abrochaba el collar de caracoles-.Aunque, mejor, primero comamos los huevos, que se hizo tardísimo.
El señor Cardoso nunca pudo convencer a la familia de que él no había sido el de los regalos maravillosos. 
Y bueno... Hay gente que se resiste a creer en Papá Noel.




viernes, 23 de febrero de 2018

UN CUENTO DE SAKI “Tobermory”,

Era una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos.
Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era “inteligente”, y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las últimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico.
-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz?
-Es un problema en el que he trabajado mucho los últimos diecisiete años -dijo el señor Appin-, pero solo durante los últimos ocho o nueve meses he sido premiado con el mayor de los éxitos. Experimenté por supuesto con miles de animales, pero últimamente solo con gatos, esas criaturas admirables que han asimilado tan maravillosamente nuestra civilización sin perder por eso todos sus altamente desarrollados instintos salvajes. De tanto en tanto se encuentra entre los gatos un intelecto superior, como sucede también entre la masa de los seres humanos, y cuando conocí hace una semana a Tobermory, me di cuenta inmediatamente de que estaba ante un “supergato” de extraordinaria inteligencia. Había llegado muy lejos por el camino del éxito en experimentos recientes; con Tobermory, como ustedes lo llaman, he llegado a la meta.
El señor Appin concluyó su notable afirmación en un tono en que se esforzaba por eliminar una inflexión de triunfo. Nadie dijo “ratas”1 aunque los labios de Clovis esbozaron una contorsión bisilábica que invocaba probablemente a esos roedores representantes del descrédito.
-¿Quiere decir -preguntó la señorita Resker, después de una breve pausa- que usted ha enseñado a Tobermory a decir y a entender oraciones simples de una sola sílaba?
-Mi querida señorita Resker -dijo pacientemente el taumaturgo-, de esa manera gradual y fragmentaria se enseña a los niños, a los salvajes y a los adultos atrasados; cuando se ha resuelto el problema de cómo empezar con un animal de inteligencia altamente desarrollada no se necesitan para nada esos métodos vacilantes. Tobermory puede hablar nuestra lengua con absoluta corrección.
Esta vez Clovis dijo claramente “requeterratas”. Sir Wilfrid fue más amable, aunque igualmente escéptico.
-¿No sería mejor traer al gato y juzgar por nuestra cuenta? -sugirió lady Blemley.
Sir Wilfrid fue en busca del animal, y todos se entregaron a la lánguida expectativa de asistir a un acto de ventriloquismo más o menos hábil.
Sir Wilfrid volvió al instante, pálido su rostro bronceado y los ojos dilatados por el asombro.
-¡Caramba, es verdad!
Su agitación era inequívocamente genuina y sus oyentes se sobresaltaron en un estremecimiento de renovado interés.
Dejándose caer en un sillón, prosiguió con voz entrecortada:
-Lo encontré dormitando en el salón de fumar, y lo llamé para que viniera a tomar el té. Parpadeó como suele hacer, y le dije: “Vamos, Toby; no nos hagas esperar”. Entonces ¡Dios mío!, articuló con lentitud, del modo más espantosamente natural, que vendría cuando le diera la real gana. Casi me caigo de espaldas.
Appin se había dirigido a un auditorio completamente incrédulo; las palabras de sir Wilfrid lograron un convencimiento instantáneo. Se elevó un coro de exclamaciones de asombro dignas de la Torre de Babel, entre las cuales el científico permanecía sentado y en silencio gozando del primer fruto de su estupendo descubrimiento.
En medio del clamor entró en el cuarto Tobermory y se abrió paso con delicadeza y estudiada indiferencia hasta donde estaba el grupo reunido en torno a la mesa del té.
Un silencio tenso e incómodo dominó a los comensales. Por algún motivo resultaba incómodo dirigirse en términos de igualdad a un gato doméstico de reconocida habilidad mental.
-¿Quieres tomar leche, Tobermory? -preguntó lady Blemley con la voz un poco tensa.
-Me da lo mismo -fue la respuesta, expresada en un tono de absoluta indiferencia. Un estremecimiento de reprimida excitación recorrió a todos, y lady Blemley merece ser disculpada por haber servido la leche con un pulso más bien inestable.
-Me temo que derramé bastante -dijo.
-Después de todo, no es mía la alfombra -replicó Tobermory.
Otra vez el silencio dominó al grupo, y entonces la señorita Resker, con sus mejores modales de asistente parroquial, le preguntó si le había resultado difícil aprender el lenguaje humano. Tobermory la miró fijo un instante y luego bajó serenamente la mirada. Era evidente que las preguntas aburridas estaban excluidas de su sistema de vida.
-¿Qué opinas de la inteligencia humana? -preguntó Mavis Pellington, en tono vacilante.
-¿De la inteligencia de quién en particular? -preguntó fríamente Tobermory.
-¡Oh, bueno!, de la mía, por ejemplo -dijo Mavis tratando de reír.
-Me pone usted en una situación difícil -dijo Tobermory, cuyo tono y actitud no sugerían por cierto el menor embarazo-. Cuando se propuso incluirla entre los huéspedes, sir Wilfrid protestó alegando que era usted la mujer más tonta que conocía, y que había una gran diferencia entre la hospitalidad y el cuidado de los débiles mentales. Lady Bremley replicó que su falta de capacidad mental era precisamente la cualidad que le había ganado la invitación, puesto que no conocía ninguna persona tan estúpida como para que le comprara su viejo automóvil. Ya sabe cuál, el que llaman “la envidia de Sísifo”, porque si lo empujan va cuesta arriba con suma facilidad.
Las protestas de lady Blemley habrían tenido mayor efecto si aquella misma mañana no hubiera sugerido casualmente a Mavis que ese auto era justo lo que ella necesitaba para su casa de Devonshire.
El mayor Barfield se precipitó a cambiar de tema.
-¿Y qué hay de tus andanzas con la gatita de color carey, allá en los establos?
No bien lo dijo, todos advirtieron que la pregunta era una burrada.
-Por lo general no se habla de esas cosas en público -respondió fríamente Tobermory-. Por lo que pude observar de su conducta desde que llegó a esta casa, imagino que le parecería inconveniente que yo desviara la conversación hacia sus pequeños asuntos.
No solo al mayor dominó el pánico que siguió a estas palabras.
-¿Quieres ir a ver si la cocinera ya tiene lista tu comida? -sugirió apresuradamente lady Blemley, fingiendo ignorar que faltaban por lo menos dos horas para la comida de Tobermory.
-Gracias -dijo Tobermory-, acabo de tomar el té. No quiero morir de indigestión.
-Los gatos tienen siete vidas, sabes -dijo sir Wilfrid con ánimo cordial.
-Posiblemente -replicó Tobermory-, pero un solo hígado.
-¡Adelaida! -exclamó la señora Cornett-, ¿vas a permitir que este gato salga a hablar de nosotros con los sirvientes?
El pánico en verdad se había vuelto general. Se recordó con espanto que una balaustrada ornamental recorría la mayor de las ventanas de los dormitorios de las torres, y que era el paseo favorito de Tobermory a todas horas. Desde allí podía vigilar a las palomas y… sabe Dios qué más. Si su intención era extenderse en reminiscencias, con su actual tendencia a la franqueza el efecto sería más que desconcertante. La señora Cornett, que pasaba mucho tiempo frente a su mesa de tocador y cuyo cutis tenía fama de poseer una naturaleza nómada aunque puntual, se mostraba tan incómoda como el mayor.
La señorita Scrawen, que escribía poemas de una sensualidad feroz y llevaba una vida intachable, solo manifestó irritación; si uno es metódico y virtuoso en su vida privada, no quiere necesariamente que todos se enteren. Bertie van Tahn, tan depravado a los diecisiete años que hacía ya mucho que había abandonado su intento de ser todavía peor, se puso de un color blanco apagado como de gardenia, pero no cometió el error de precipitarse fuera de la habitación como Odo Finsberry, un joven que parecía seguir la carrera eclesiástica y a quien posiblemente perturbaba la idea de enterarse de los escándalos de otras personas. Clovis tuvo la presencia de ánimo de guardar una apariencia de serenidad. Interiormente se preguntaba cuánto tiempo tardaría en procurarse una caja de ratones selectos por medio de Exchanges and Mart, y utilizarlos como soborno.
Aun en una situación delicada como aquella, Agnes Resker no podía resignarse a quedar relegada por mucho tiempo.
-¿Por qué habré venido aquí? -preguntó en un tono dramático.
Tobermory aceptó inmediatamente la apertura.
-A juzgar por lo que dijo ayer la señora Cornett mientras jugaban al croquet, fue por la comida. Describió a los Blemleys como las personas más aburridas que conocía, pero admitió que eran lo bastante inteligentes como para tener un cocinero de primer orden; de otro modo les resultaría difícil encontrar a quien quisiera volver por segunda vez a su casa.
-¡Ni una palabra de lo que dice es verdad! ¡Pregunten a la señora Cornett! -exclamó Agnes, confusa.
-La señora Cornett repitió después su observación a Bertie van Tahn -prosiguió Tobermory- y dijo: “Esa mujer está entre los desocupados que integran la Marcha del Hambre; iría a cualquier parte con tal de obtener cuatro comidas por día”, y Bertie van Tahn dijo…
En ese instante, misericordiosamente, la crónica se interrumpió. Tobermory había divisado a Tom, el gran gato amarillo de la rectoría, que avanzaba a través de los arbustos en dirección del establo. Tobermory salió disparado por la ventana abierta.
Con la desaparición de su por demás alumno brillante, Cornelius Appin se encontró envuelto en un huracán de amargos reproches, preguntas ansiosas y temerosos ruegos. En él recaía la responsabilidad de la situación, y era él quien debía impedir que las cosas empeoraran aun más. ¿Podía Tobermory impartir su peligroso don a otros gatos? Era la primera pregunta que tuvo que contestar. Era posible, dijo, que hubiera iniciado a su amiga íntima, la gatita de los establos, en sus nuevos conocimientos, pero era poco probable que sus enseñanzas abarcaran por el momento un margen más amplio.
-Siendo así -dijo la señora Cornett- acepto que Tobermory sea un gato valioso y una mascota adorable; pero seguramente convendrá conmigo, Adelaida, que tanto él como la gata de los establos deben desaparecer sin demora.
-No supondrá que este último cuarto de hora me haya sido placentero -dijo amargamente lady Blemley-. Mi marido y yo queremos mucho a Tobermory… por lo menos, lo queríamos hasta que le fueron impartidos esos horribles conocimientos; pero ahora, por supuesto, lo que hay que hacer es eliminarlo tan pronto como sea posible.
-Podemos poner estricnina en los restos que recibe a la hora de la comida -dijo sir Wilfrid-, y a la gata del establo la ahogaré yo mismo. El cochero lamentará mucho perder a su mascota, pero diremos que los dos gatos padecían un tipo de sarna muy contagiosa y que temíamos que se extendiera a los perros.
-Pero, ¡mi gran descubrimiento! -protestó el señor Appin-; después de tantos años de investigaciones y experimentos…
Un arcángel que proclamara en éxtasis el milenio y descubriera que coincide imperdonablemente con las regatas de Henley y tuviera que ser postergado por tiempo indefinido, no se hubiera sentido tan deprimido como Cornelius Appin ante la acogida que se dispensó a su magnífica hazaña. Tenía en contra, sin embargo, la opinión pública, que si hubiera sido consultada al respecto es probable que una cuantiosa minoría hubiera votado por incluirlo en la dieta de estricnina.
Horarios defectuosos de trenes y un nervioso deseo de ver las cosa consumadas impidieron una dispersión inmediata de los huéspedes, pero la comida de aquella noche no fue por cierto un éxito social. Sir Wilfrid pasó momentos difíciles con la gata del establo y después con el cochero. Agnes Resker se limitó ostentosamente a comer un trozo de tostada reseca, que mordía como si se tratara de un enemigo personal, mientras que Mavis Pellington guardó un silencio vengativo durante toda la comida. Lady Blemley hablaba incesantemente haciéndose la ilusión de que estaba conversando, pero su atención se concentraba en el umbral. Un plato lleno de trozos de pescado cuidadosamente dosificados estaba listo en el aparador, pero pasaron los dulces y los postres sin que Tobermory apareciera en el comedor o en la cocina.
La sepulcral comida resultó alegre comparada con la siguiente vigilia en el salón de fumar. El hecho de comer y beber había procurado al menos una distracción al malestar general. El bridge quedó eliminado, debido a la tensión nerviosa y a la irritación de los ánimos, y después que Odo Finsberry ofreció una lúgubre versión de Melisande en el bosque ante un auditorio glacial, la música fue por tácito acuerdo evitada. A las once los sirvientes se fueron a dormir, después de anunciar que la ventanita de la despensa había quedado abierta como de costumbre para el uso privado de Tobermory. Los huéspedes se dedicaron a leer las revistas más recientes, hasta que paulatinamente tuvieron que echar mano de la Biblioteca Badminton y de los volúmenes encuadernados de Punch. Lady Blemley hacía visitas periódicas a la despensa y volvía cada vez con una expresión de abatimiento que hacía superfluas las preguntas acumuladas.
A las dos Clovis quebró el silencio imperante.
-No aparecerá esta noche. Probablemente está en las oficinas del diario local dictando la primera parte de sus memorias, que excluirán a las de lady Cómo se Llama. Será el acontecimiento del día.
Habiendo contribuido de esta manera a la animación general, Clovis se fue a acostar. Tras prolongados intervalos, los diversos integrantes de la reunión siguieron su ejemplo.
Los sirvientes, al llevar el té de la mañana, formularon una declaración unánime en respuesta a una pregunta unánime: Tobermory no había regresado.
El desayuno resultó, si cabe, una función más desagradable que la comida, pero antes que llegara a su término la situación se despejó. De entre los arbustos, donde un jardinero acababa de encontrarlo, trajeron el cadáver de Tobermory. Por las mordeduras que tenía en el cuello y la piel amarilla que le había quedado entre las uñas, era evidente que había resultado vencido en un combate desigual con el gato grande de la rectoría.
Hacia mediodía la mayoría de los huéspedes había abandonado las torres, y después del almuerzo lady Blemley se había recuperado lo suficiente como para escribir una carta sumamente antipática a la rectoría acerca de la pérdida de su preciada mascota.
Tobermory había sido el único alumno aventajado de Appin, y estaba destinado a no tener sucesor. Algunas semanas más tarde, en el jardín zoológico de Dresde, un elefante que no había mostrado hasta entonces signos de irritabilidad, se escapó de la jaula y mató a un inglés que, aparentemente, había estado molestándolo. En las crónicas de los periódicos el apellido de la víctima aparecía indistintamente como Oppin y Eppelin, pero su nombre de pila fue invariablemente Cornelius.
-Si le estaba enseñando los verbos irregulares al pobre animal -dijo Clovis-, se lo tenía merecido.
FIN

“Tobermory”,
The Chronicles of Clovis, 1911
1. Juego de palabras intraducible: “rats” significa ratas pero también es una expresión de desconfianza.

Datos personales

Mi foto
Licenciada y profesora en Letras Modernas, egresada de la UNIVERSIDAD NACIONAL DE CÓRDOBA.ESPECIALISTA EN LITERATURA ARGENTINA. Especialista en Investigación Educativa. (ISP Joaquín V. González) Especialista en Litertura Infantil y Juvenil (CEPA) Actualemnte se encuentra cursando la Maestría en Análisis del Discurso (UBA) Publicó numerosos artículos y ensayos para diferentes sellos editoriales (Cántaro, Puerto de Palos, Paidos, revistas del ISPEI Sara Eccleston) En el 2012 su blog Entre el mouse y la tiza recibió el PRIMER PREMIO A LOS BLOGS EDUCATIVOS otorgado por la UNIVERSIDAD NACIONAL DE BUENOS AIRES (UBA) A raíz de ese premio fue convocada por distintos medios periodísticos. Durante 2013 el mismo blog resltó ser finalista de dicho concurso. En estos momentos se encuentra abocada a la investigación y la escritura de un ensayo en colaboración con la Lic. Cristina Olliana. Acaba de publicar Y DE PRONTO LA VIDA un ensayo destinada a la Crianza, la literatura y el Juego.

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